Pico y Placa Medellín
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Por Rosana Arizmendi Mejía - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Me fassscinan los museos. Así, con la “s” alargada para hacer énfasis, y con los ojos mirando hacia arriba, como dice JuanMa que hago cuando digo que algo me fascina.
Me fassscinan porque, sin importar si son de arte, ciencia, historia o memoria, siempre (me) dejan con preguntas y ganas de saber más, y (me) abren ventanas a otros mundos que con frecuencia son distintos a lo cotidiano, pero que otras veces, aunque cotidianos, en los museos se vuelven extraordinarios. “Lo común es excepcional” decimos en Explora. Y así se llamó la Feria CT+i que hicimos en 2024 con la Secretaría de Educación de Medellín.
En las últimas décadas, los museos han evolucionado hasta convertirse en esos “terceros lugares” de los que hablan Ray Oldenburg y Karen Christensen: espacios físicos, diferentes al hogar o al trabajo/colegio/universidad, en los que las personas socializan y forman comunidad. Pero, además, los museos también son espacios educativos y de aprendizaje, en todo el sentido de la palabra. No en vano, desde hace más de un siglo se reconoce su/nuestro rol como aliados de los procesos de aprendizaje de estudiantes y docentes de todas las trayectorias educativas.
Simplificando mucho, tradicionalmente los museos hemos acompañado a los profes en la transformación de sus prácticas pedagógicas, mediante metodologías que invitan a la reflexión, la mediación y la innovación. En cuanto a los estudiantes, hemos sido espacios de inspiración y asombro, que estimulan la curiosidad, y que expanden, de una manera práctica y experiencial, los aprendizajes que adquieren en el aula de clase. Sin embargo, los museos podemos —y debemos— hacer más por la educación. Al no regirnos por las leyes y estructuras del sistema educativo formal, que en ocasiones constriñe las posibilidades intrínsecas de innovación de la escuela, podemos poner nuestras capacidades de movilización y articulación de distintas voces y conversaciones al servicio de conformar verdaderos ecosistemas de aprendizaje que mejoren la pertinencia educativa. Además, al ser espacios en los que los conocimientos y el aprendizaje se viven diferente, los museos podemos incidir directamente en la transformación escolar, llevando a la escuela (de manera literal) metodologías distintas que, por un lado promuevan la motivación, la curiosidad y el desarrollo de habilidades como pensamiento crítico, pensamiento sistémico, creatividad o resolución de problemas en los estudiantes, y por el otro, impulsen al colegio a abrir sus paredes para fortalecerse como centros de pensamiento e innovación y conectarse cada vez más con el territorio.
Esto es realmente una reducción de lo que podemos llegar a hacer en relación al sistema educativo, y evidentemente no abarca nada de lo que, por su parte, la escuela tiene para enseñarnos. Sin embargo, conozco muy de primera mano todo lo que somos capaces de hacer cuando museos y escuelas trabajamos juntos. Por eso, animo a que desde los museos nos atrevamos a incidir más en la educación, e invito a que, quienes financian y apoyan la transformación educativa, nos vean como aliados legítimos y estratégicos de este proceso (aprovecho para lanzar “kudos” a las Secretarías de Educación de Medellín, Itagüí y Antioquia y a organizaciones privadas que ya lo hacen). ¡Salud!