Todos nos vamos a morir. Es inevitable y aterrador. Por eso, cuando alguien está en duelo, solemos decirle que todo va estar bien, que todo va a pasar. Lo decimos como un consuelo, no para quién atraviesa el duelo, sino para nosotros mismos, porque saber que nos vamos a morir nos asusta, nos paraliza.
Pero aprender a morir también puede ser una forma de aprender a vivir. Porque la muerte es como un huracán, lo derrumba todo, deja a la vida sin certeza, pasa por encima del ego, lo doblega. Nos obliga a replantearnos todo.
Jorge Gómez Calle es médico, especialista en cuidados paliativos y terapia neural. Trabaja como terapeuta acompañante de duelos. Su trabajo, en gran medida consiste en transformar el lenguaje con el que nombramos la muerte y todo lo que la rodea. Dice que el duelo no se trata de resistir, ni de ser fuertes. Sino de emprender un viaje al interior de cada uno. EL COLOMBIANO habló con él.
¿Qué es el duelo?
“Todo proceso de adaptación a un cambio que sea consecuencia de una pérdida es un duelo, es decir, no se circunscribe a la muerte, puede ser una jubilación, una separación, todo cambio que viene por una pérdida es lo que se denomina duelo. Hablar de duelo no es hablar de muerte necesariamente”.
Es un proceso de transformación vital en la persona que lo vive, ¿qué hacer en un caso de duelo?
“Ahí viene la definición de duelo con la que yo no estoy de acuerdo que dice que el duelo es el proceso de elaborar una pérdida, no. Si vos recuperas lo que perdiste se acabó el duelo. Si me robaron la bicicleta, y recuperé la bicicleta hasta ahí llegó el duelo.
Cuando hablamos de muerte, estamos hablando de que nunca vas a recuperar lo perdido, entonces tu adaptación se basa en un cambio total en tu vida, que no significa aceptar ni superar, que son cosas que a la gente en duelo les pesa mucho que les digan. Que tienen que aceptar la muerte de tu ser querido. No, yo no tengo por qué aceptar que mi hijo se murió. No estoy de acuerdo con lo que pasó, pero voy a adaptarme a una realidad que no me gusta.
Ese es el gran reto del duelo, adaptarse a realidades que duelen, que no nos gustan y con las que no estamos de acuerdo, que además significan un golpe al ego muy grande, porque significa que no tenés control. Entonces el ejercicio, el viaje interior que hay que hacer en el duelo es un reto muy grande”.
¿Cómo es ese viaje? ¿Cómo lo acompaña usted como terapeuta?
“Hay que tener en cuenta que el duelo depende del vínculo, ¿qué quiere decir eso? Que la causa del duelo no es la muerte, sino el vínculo de amor. Mis padres murieron recientemente, yo estoy en duelo por eso, por el vínculo. Pero tú no tienes por qué ponerte triste por mis padres, porque no hay vínculo. Por eso el duelo es singular porque depende de cada vínculo. Si somos seis hermanos, cada uno vio un papá y una mamá distinta. Son seis duelos diferentes”.
A todos les pasa lo mismo, pero de forma distinta...
“El cerebro genera redes internas con el nombre de tu ser querido. Si yo digo Gabriel, es un nombre para vos, para mí es mi papá.
El cerebro de buenas a primeras no se adapta a que esa persona ya no está, por eso en el principio de los duelos hay una confusión, una sensación de irrealidad. La persona busca a su ser querido. Lastimosamente esta sociedad le dice, usted está haciendo una negación, pero realmente lo que está haciendo es una búsqueda neurológica.
En el cerebro pasa algo impresionante. Supone que si esa persona no está, no es porque murió, porque el cerebro tiene la orden de sobrevivir, de proyectar que no vaya a pasar nada malo. Entonces la primera asunción que hace el cerebro es que esa persona debe estar en peligro, y por ende, si él o ella está en peligro, yo también. Por eso, la primera emoción que ocurre en el duelo es angustia, ansiedad, no es tristeza ni siquiera”.
La tristeza viene después...
“En mi forma de ver el duelo, la tristeza es la nueva manera de amar. Yo te amaba riendo, ahora te amo tanto que me da tristeza que no estés. La tristeza es el signo del duelo, no hay que pelear con ella”.
¿Cómo son esos primeros meses de duelo?
“Los primeros meses es una búsqueda incesante, le parece a uno verlo en todo el lado. Yo conozco gente que se para detrás de la puerta porque a las seis de la tarde llega esa persona, porque el cerebro le dice, esta rutina está. Entonces es muy duro porque la gente que no está en duelo cree que lo que tienen que elaborar es la pérdida física, pero hay que elaborar es la pérdida de un montón de rutinas, de pequeños detallitos, un montón de cosas que el cerebro va aprendiendo que no vuelven a ocurrir.
Por eso ese cuentico de que el tiempo cura la herida no sirve para nada, por el contrario, duele muchísimo. Mientras más días de ausencia, más días de dolor porque se va arraigando la certeza de que esa persona nunca volverá.
Entonces, casi que hay que decir que uno no llega a una aceptación, sino a una rendición. No la busco más. No la voy a encontrar. El único lugar donde puedo encontrar ese ser querido es en mí”.
Eso es lo que usted dice que es la vida después de la muerte, encontrar el ser querido que se fue en uno...
“Yo soy la vida después de la muerte de mis padres. Mucha gente te habla del cielo y otro montón de suposiciones, pero el duelo se siente aquí, en el suelo, a uno se le abre el piso. Entonces la vida después de la muerte soy yo.
Ahora ¿cómo voy a asumir esa vida? Cuando uno está en duelo, se aparece un camino con un letrero que dice amar y tiene dos variantes, amarse o amargarse. Las decisiones de vida que uno tome, lo llevan por un lado o por otro.
Lastimosamente estamos ante una sociedad que te invita a amargarte, que te invita a aislarte, porque uno se siente muy incomprendido en el duelo. Si es difícil ser feliz sin estar en duelo, porque te dicen que hay que decretar la felicidad y todo eso, a la gente en duelo la presionan 30 veces más, justo en ese momento en el que está comprobado que el cerebro está apagado para la motivación, para la concentración”.
Medellín ha sido una ciudad particularmente violenta, es un ciudad en duelo. ¿Eso cómo repercute en la vida social?
“Dicen que por cada persona que fallezca, mínimo hay entre 7 a 14 personas que quedan con algún duelo, unos más fuertes, otros menos fuertes.
Entonces, si por decir algo, en el conflicto armado de Colombia hubo 6 millones de muertos. Pues todo este país está en duelo. Todos tenemos alguna historia de duelo que contar. ¿Cuál es el problema? Esta idea social de que hay que pasar la página, de que hay que ser fuertes, de que la vida continúa.
Pues claro que la vida continúa, pero la mía se derrumbó. ¿Eso qué hace? Que las personas guarden emociones, guarden pensamientos, guarden dolores, resentimientos, remordimientos, culpas, y el cuerpo nunca olvida.
Pueden haber pasado 10, 20, 40 años, en algún momento esto va a aparecer. A mi forma de ver, la gran epidemia de salud mental que hay en el mundo se debe a que no elaboramos las pérdidas”.
Pérdidas en general, no sólo muertes...
“Todas. Una sociedad que te dice que tienes que estudiar, tener una profesión, un carro, hijos, mascotas, un montón de cosas... Pero cuando llegan la enfermedad y la muerte, te dice que tienes que tener silencio, que tienes que tener humildad, paz interior, pero no tenemos herramientas para eso, y una respuesta adaptativa que hace el cerebro es aislarse, entonces empezamos a ser islas.
Entonces, ¿qué tal que no estemos deprimidos sino aislados? ¿Qué tal que nos hayamos separado de tal manera que no nos damos cuenta que en el otro hay una posibilidad?
Y si hay un punto en donde uno se encuentra, es en la muerte. Si yo empiezo a preguntarme cada día por la muerte, es probable que me muera hoy muera, ¿qué dejaría? Un legado de tranquilidad, o me preocupé más por tener que por el ser.
Cuando nos damos cuenta que somos semillas para los que siguen nos dejamos de preocupar el reconocimiento y la muerte empieza a volverse una pregunta por la vida”.
La muerte es inevitable, sin embargo le damos la espalda, vivimos como si la muerte no existiera...
“Somos la única especie en este planeta que sabe que se va a morir y actúa como si no... Si a uno desde el colegio le van a enseñar sobre la vida, deberían enseñarlo sobre la muerte. Es que sí o sí te vas a morir. ¿Cómo no nos educan para algo que sí o sí va a pasar?
Esto debería ser desde el preescolar, hacer diálogo sobre esto, sobre la pérdida. Si un niño pierde su mascota, hay que hablar con él de eso, no traerle una mascota nueva al otro día, porque cuando se muera el abuelo, ¿dónde hay abuelo nuevo?
Es necesario hablar de la muerte. Te hace más vivo, más consciente de la vida. Pero no, dicen que hablar de la muerte es invocarla. Tenemos todavía mucho pensamiento mágico y lo que necesitamos es más acompañamiento compasivo”.
Lea también: 70% de nuevos diagnósticos de trastornos psicóticos afectan a los nacidos en el 2000, ¿por qué pasa esto?
¿Cómo se acompaña un duelo?
“De entrada una persona no necesita un terapeuta. Necesita un grupo, sentirse acogido, cuidado por gente muy cercana, pero que esa gente cercana no empiece con frases de cajón, ni mucho menos a dar consejos. Si usted quiere ayudar a alguien en duelo, vaya ayúdele en la casa, páguele el arriendo, cómprele el mercado, saque al perro, que sea ayuda en el día a día para que esta persona tenga tiempo y espacio para sentir el dolor.
Prohibido decirle a una persona que no llore. Es un insulto al amor. Hay quienes se atreven a decir que si lloramos, la persona fallecida no llega al cielo, y yo no sé cómo saben tanto del más allá y tan poco del más acá.
Lo más importante es ser presencia en el otro. Uno no necesita consejo, no necesita saber, necesita quien sea un bastoncito para levantarme cada día”.