Su presencia es imponente. A los 63 años de edad, Barlaam Pizarro camina erguido; es un hombre de voz suave, tranquilo, de hablar pausado y de mucha sabiduría. Le hace honor a su tierra natal, San Roque, conocido como el municipio de la cordialidad, pues así es el maestro: un hombre amable, humilde y sereno que ama desde muy pequeño el karate y que ha sido vital para este deporte, ya que fue el creador del Instituto Colombiano de Karate Tradicional (ICKT) y, actualmente, es el único en el país con 8° dan.
En sus primeros años no fue tan tranquilo. Recuerda que varias “pelas” se ganó. Era un niño que jugaba con su hermano en la calle con cualquier balón. Sí, aunque su disciplina es el karate, también es de los que le dio patadas a una pelota en la calle, aprovechando los despoblados senderos de su municipio para hacer travesuras.
“Guardo muy buenos recuerdos de mi infancia: amigos, experiencias y cosas muy bellas, como ir a la escuela con compañeros inolvidables, jugar lleva, escondite, hacer pequeñas diabluras e ir al río”, recuerda entre risas.
Cuando su familia se vino a vivir a Medellín y sin saber nada de artes marciales, un día pasó cerca de su casa por un lugar que lo intrigó. Era la escuela de karate donde vio a varios chicos de su edad y otros más grandes haciendo unos movimientos que le llamaron la atención.
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En esa época, y con 11 años de edad, Barlaam sintió curiosidad y le pidió a su padre que lo llevara para practicar. Desde entonces suma más de 50 años dedicados al karate tradicional, ese que no pudo abandonar. Aunque reconoce que se dejó tentar por el karate deportivo y estuvo varios años dedicado a esa rama, pero como lo suyo es la esencia, la elegancia, la precisión y la técnica, no dudó en regresar a su origen: el karate tradicional.
Y aunque inicialmente llegó al karate por impacto visual, Barlaam está convencido de que dentro de él siempre estuvo esa fuerza y que esta disciplina es su misión en la vida. Además, gracias a ella lo ha logrado todo, incluida una familia que es tan grande como variada, porque el maestro no solo considera a su esposa, sus hijos y su nieto como su familia, sino a cada una de las generaciones que han pasado por sus manos. Amigos entrañables como Jesús Restrepo, quien fue su alumno, luego su compañero en el camino del karate y ahora, que está jubilado de la Universidad de Medellín, ha vuelto a ser alumno, pues don Jesús va todos los días a la escuela para seguir con sus clases de karate, porque esa es su vida y su pasión.
Inquieto siempre, no solo aprendió la técnica japonesa -esa que defiende a capa y espada, la que no da medallas, pero le ha dado una enorme familia que lo hace sentir orgulloso-, sino que su legado no solo se ha consolidado en Antioquia siendo uno de los fundadores de la Liga Antioqueña de este deporte, sino en Caldas, donde también sembró una semilla que luego se regó por el Eje Cafetero. Por ello, ahora en Risaralda y Quindío también se practica esta disciplina.
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