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No creo que no participar del debate sea el escenario ideal, pero es consecuencia del ruido y de la violencia en redes sociales.
Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com
No deberíamos comparar esta campaña con ninguna otra, ningún contexto había sido igual a este, ni siquiera similar. Lo que ha traído la inteligencia artificial y la velocidad de la información constituye un escenario único, distinto a todo lo que hemos vivido hasta ahora: un panorama en el que todo parece ir demasiado rápido y andamos abrumados, atontados y agotados por la sobrecarga informativa.
La semana pasada ocurrió algo en dos de los grupos de WhatsApp en los que participo: uno es el chat de vecinos y el otro, el de las amigas del colegio. En el primero alguien lanzó una invitación para escuchar a un candidato y en el segundo enviaron una imagen invitando a acompañar a otro en un recorrido por Medellín.
Nadie respondió en ninguno de los dos. Los mensajes quedaron enterrados en cuestión de horas. Un par de días después, alguien envió un anuncio, vendiendo un carro o pidiendo un contacto y entonces sí hubo respuestas, el grupo volvió a activarse.
Celebro que no se hayan dado discusiones políticas por WhatsApp, que a mi juicio, es la red donde más fácilmente se tergiversa el tono de una conversación. Sin embargo, me resulta curioso que, aun compartiendo emociones colectivas, muchos prefieran no responder ni debatir para evitar sentirse a la defensiva.
El debate de ideas es indispensable en una democracia, pero con la democracia erosionada por la corrupción y el desgaste de figuras políticas que hoy gobiernan como caricaturas, el debate parece haber abandonado los espacios que favorecen la conversación y se ha desplazado a entornos virtuales donde cada vez es más difícil distinguir quién es humano y quién no.
También me ha pasado que, antes de empezar una reunión, alguien sentencia: “Aquí no hablemos de política” y nadie replica, nadie se opone, todos obedecen y continúan con otros temas.
Sé que si a usted le interesa la política y el rumbo del país, seguramente ha conversado con su círculo más cercano sobre estos asuntos, sobre todo en las últimas semanas, pero yo no me refiero a esos debates entre personas de confianza a quienes ya no tememos contradecir, me refiero a conversaciones con otros círculos, con quienes piensan distinto y podrían recordarnos que vivimos gran parte de nuestra vida dentro de una caja de resonancia.
Me refiero al temor de expresar opiniones en un escenario polarizado donde, si no se adopta una postura radical de un lado o del otro, se ingresa al grupo de los “tibios”, señalados como carentes de carácter o de claridad.
No creo que no participar activamente del debate sea el escenario ideal, pero es una de las consecuencias del ruido y de la violencia en redes sociales, preferimos reservar las discusiones para los círculos de confianza y no desgastarnos en grupos de whatsapp donde se dan ordenes o se señala con ligereza al que piensa diferente.
Es probable que la opinión que se expresa sin buscar radicalismos gane campo en un mundo en el que parece que quien menos bulla hace, podría terminar siendo el más honesto.