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Un Congreso sólido puede equilibrar el poder, mejorar las leyes y representar con dignidad a los ciudadanos.
Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho
El Congreso de la República, pese a su descrédito y a la presencia de algunos miembros que han usado su investidura para intereses personales, ha demostrado ser una pieza clave en el equilibrio de poderes y en la contención de las ambiciones autocráticas de los mandatarios de turno. Por eso la elección legislativa no es un trámite menor: es una decisión estratégica para la salud democrática del país.
Elegir bien implica hacerlo con conciencia y rigor, pensando en el momento político que vive Colombia y en la necesidad de una representación digna de los territorios y de las causas que serán defendidas durante los próximos cuatro años. Propongo a los lectores cinco criterios para orientar ese voto.
Primero, la ética. El principal problema del país no es ideológico sino ético. Conviene revisar si el candidato tiene investigaciones, sanciones o alianzas cuestionables; si ha usado correctamente el poder y su voz pública; si su comportamiento ha sido coherente con la legalidad y el respeto institucional. No tiene sentido elegir a quienes tengan nexos con corruptos, narcotraficantes o grupos ilegales, ni a quienes basan su visibilidad en la polémica fácil, el insulto o la provocación. El Congreso no necesita ni ladrones ni incendiarios.
Segundo, sus posturas. Las opiniones actuales importan, pero más importante aún es su coherencia en el tiempo. Las posiciones frente a la corrupción, la violencia, las reformas estructurales o los liderazgos locales revelan carácter. Cuando alguien cambia radicalmente de discurso según la coyuntura electoral, deja en evidencia oportunismo más que convicción. La consistencia histórica es un indicador de integridad política. Si antes fue aliado de Quintero y ahora lo critica, si antes contaba masacres y criticaba la corrupción y ahora calla, si antes se decía ateo y ahora es el más creyente, es claro que su opinión está basada en el oportunismo electoral y no en la búsqueda del bienestar general.
Tercero, su trayectoria. No es indispensable ser un político tradicional para ejercer bien el cargo, pero sí es fundamental demostrar capacidad, disciplina y conocimiento. La experiencia profesional y el recorrido vital muestran habilidades de liderazgo, comprensión técnica de los temas y rigor en la toma de decisiones. La popularidad digital no reemplaza la competencia. Tener miles de seguidores no garantiza criterio legislativo ni solvencia ética.
Cuarto, sus causas. Elegir un congresista es elegir una agenda. Cada candidatura encarna una visión de sociedad y unas prioridades concretas. Conviene respaldar a quienes han demostrado compromiso real y sostenido con las causas que dicen defender, no a quienes las adoptan solo en campaña. Las convicciones auténticas dejan huella en la trayectoria.
Quinto, su entorno. Los equipos y alianzas hablan tanto como los discursos. Las personas que rodean a un candidato revelan su capacidad de trabajo colectivo, su criterio para elegir mentores y su tolerancia frente a prácticas cuestionables. Quien se rodea de líderes polémicos o de equipos incapaces difícilmente actuará con independencia y altura.
Aunque la elección legislativa suele ser menos mediática que la presidencial, es igual de determinante. Un Congreso sólido puede equilibrar el poder, mejorar las leyes y representar con dignidad a los ciudadanos. Por eso, más que votar por simpatía o emoción momentánea, vale la pena analizar con cuidado y asumir el voto como un acto de responsabilidad democrática.