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Es difícil confiar en un político que transforma sus convicciones cada vez que cambia el público.
Por Camilo Quintero Giraldo - @camideambiente
Hay candidatos que inspiran confianza. Otros inspiran miedo. Y otros, como Abelardo de la Espriella que inspiran desconfianza y miedo.
Se vende como un tigre fuerte, feroz, indomable. Pero detrás del rugido pregrabado hay puro ruido, contradicciones e inventos. Mucho espectáculo y poca solidez. Un tigre de papel, “incapaz de resistir el viento y la lluvia”.
Durante años hizo gala de su ateísmo militante y de burlarse de quienes profesan alguna espiritualidad. Hoy aparece hablando de Dios en plazas y entrevistas por puro oportunismo. Su brújula no es ética, ni espiritual ni política.
También ha encontrado diversión en prácticas de maltrato animal, celebrando espectáculos que normalizan la crueldad, el sufrimiento y la muerte. Qué difícil hablar de amor por la patria mientras se disfruta el dolor de otros seres vivos.
Se hace llamar “tigre”, aunque el tigre ni siquiera pertenece a las tierras colombianas. No habita en nuestros bosques ni representa nuestra biodiversidad. Colombia tiene osos andinos, manatíes, cóndores, zorros perros, jaguares, pumas, monos, nutrias, dantas, delfines. El tigre es apenas otro disfraz importado para construir una imagen de macho fuerte y agresivo, pero desconectada de las realidades, las necesidades y la naturaleza del país.
Dice ser un empresario exitoso, pero investigaciones recientes han mostrado empresas con pérdidas, deudas y balances en rojo. El supuesto “gran empresario” parece sostenerse más en la narrativa que en los resultados.
Además, fue abogado y defensor de personajes profundamente cuestionados, entre ellos Álex Saab, señalado testaferro de Nicolás Maduro, y David Murcia Guzmán, creador de DMG. Hoy enfrenta denuncias y cuestionamientos relacionados con ese pasado.
Defendió con vehemencia los procesos de paz y ahora los ataca según la conveniencia política del momento. Hoy dice una cosa y mañana otra. Habla de firmeza por la patria, pero cambia de posición según el viento electoral. Es difícil confiar en un político que transforma sus convicciones cada vez que cambia el público.
Y mientras posa de hombre valiente, evita debates, prefiere el monólogo y se encierra en cabinas y micrófonos donde nadie lo contradiga. Porque debatir implica responder, argumentar y aceptar preguntas.
Colombia no necesita más caudillos de testosterona violenta ni candidatos fabricados desde el espectáculo y la mentira. Ya conocemos el costo de elegir líderes que convierten la política en un show permanente, donde la arrogancia reemplaza las ideas y los gritos reemplazan la capacidad de gobernar.
Un país cansado de la mentira no puede elegir a alguien en quien no se puede confiar porque ese candidato no está firme con la patria. Al final, el problema no es que Abelardo de la Espriella quiera parecer un tigre, el problema es descubrir que detrás del disfraz sólo había ruido y papel importado.