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Diez años de La cuadra

Es grato volver a leer este libro, con esos años a cuestas, y sentir que esta novela sigue consolidando a un gran escritor.

hace 10 horas
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  • Diez años de La cuadra
  • Diez años de La cuadra

Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com

Yo sé que a Gilmer Mesa lo leen mucho en Medellín, también en Colombia, no sé cuánto en el extranjero; sin embargo, a Gilmer Mesa hay que leerlo mucho más en Medellín, en Colombia, en otros países, en otros idiomas, creo que eso le falta, que el mundo entero sepa de qué están hechas sus historias; por eso quiero usar de pretexto estos diez años de la publicación de “La cuadra” por Random House, para que de una vez por todas sepamos qué debería ser lo relevante en este país: la celebración constante de la literatura.

Ahora que lo pienso, estos diez años de esta novela, también lo son de la consolidación de un escritor, de alguien que no tiene cuándo quedarse vacío, porque Gilmer está lleno de un corazón que si deja de escribir se puede parar, las historias de Gilmer son la sangre que necesita su cuerpo, que necesitan quienes aún no lo leen. Nadie queda indiferente, nadie es capaz de leerse apenas uno de sus libros.

En esa medida, no podemos hablar de manera aislada de los libros de Gilmer, sus cuatro libros publicados hasta el momento, son el testimonio detallado de la rabia, la indolencia, la ausencia, pero también de las maneras como se deshilachan los amigos, los amores. Por eso es inolvidable cómo el narrador describe en el inicio de “La cuadra” aquella foto del día de los brujitos, la última donde estuvieron todos juntos. Aquella foto es el quiebre de una época, el punto de partida para recordar a los muertos, la mayoría de ellos, adolescentes que se los tragó una ciudad injusta y violenta, que demostró durante años que, ante la desidia de la sociedad, hay algo más detrás de los supuestos culpables. “La cuadra” cuenta eso con crudeza, sin escatimar en las emociones del lector.

Lo que celebramos son los diez años de escritura visible de quien apenas asoma la cabeza, igual que un iceberg, y cuyas historias están ancladas en las profundidades del barrio, por eso lo que leemos es tan firme, y porque, como ha dicho Gilmer en muchas ocasiones, atendiendo el llamado de Ray Bradbury, de escribir mínimamente 52 cuentos malos, uno cada semana durante un año, él no se conformó con esa escuálida cifra, sino que escribió más de cien, “terriblemente mal escritos, sin ninguna técnica, con pocos argumentos, con pésima redacción y hasta con mala ortografía, pero con buenas ideas”. Solo así, recuerda, notó que entre esa página en blanco y él había una intimidad novedosa y muy potente, “que con el papel podía hablar de cosas que tenía muy adentro, muy profundas, de las que no podía hablar con nadie, ni con mis amigos más cercanos ni mi familia, y que eso me hacía bien y era una forma de libertad”.

Las páginas de “La cuadra” están servidas nuevamente, en una edición que no fui capaz de subrayar de lo linda que está. Ahora sí, todos los libros de Gilmer quedaron con el diseño de la cubierta de Gustavo Zapata, “Zeta”, y la dirección de arte de Julián Gaviria, @eldelasfotos, en esta edición de aniversario también colaboró Mango Marín. Es grato volver a leer este libro, con esos años a cuestas, y sentir que esta novela sigue consolidando a un gran escritor.

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